Piel Negra

Piel Negra

Faltan pocos segundos para que deje de sonar la sirena y se encienda la luz del faro. En ese instante me falta el aire para salir corriendo por un boca a boca. Un aire divino que cada noche expone en su soplo el deseo de ser un cuerpo verdadero. 

Me voy de la pieza silbando al son de los brillos, meto alcohol y con caramelitos de menta alegro el calor. La sorpresa al final de la botellita me relaja más y sonrió más, cuando sus músculos huelen a limpio y me apropian con lo que tiene poca duración. 

Los autos me siguen, se acercan a mi oscura popular, susurro perversiones para no perderlos...Cualquiera dice que se la beba, otro muy caliente puede matarme al toque besándome a ciegas la manzanita fulera, ese baja mi cinta de Reina de Comparsa y sus manos se tornan sucias sublimando lo brutalmente sexual. 

Las manos sucias de arena, de olores marinos, de orina. Las yemas de los dedos manchadas. La palma de las manos claras brillando en la media luz de los primeros minutos de la noche. Las palmas son luciérnagas escapadas de un sueño de Eros. 

El largo humo de la maconha era suficiente para tres cachazas seguidas y creer que el próximo era un Dios con zapatillas de lona azules, besándome, diciéndome con un poco de amor alguna vulgaridad...Pero no, nunca pasaba eso y sin dar tregua me echaban a manotazos en la esquina siguiente y dejaban en mi prenda cualquier billete que limpie la tierra que había tragado. 

Encuentros de sexo por dinero, de sexo que estrena vagina con palabras dichas al oído, sobre una pared peligrosa como boca de lobo en un nocturno de Chopin con cocaína. Y en los siguientes encuentros el oficio encendía latidos que pensé no ser capaz de sentir, hasta que una noche ese alguien entrega su llave y me dice: mi nombre es Antonio y te quiero como a una novia. 

Lejos de la elocuencia de la calle la luz que ondulaba en el silencio estaba dentro del agua, respire hondo y le prometí todo lo que se ofrece bajo el efecto del alcohol elegante. Mezcla de pobreza y duda junté hormonas para transformar el carnet militar en un satén bordado, que contiene pezones color fucsia y un obsequio amoroso y moderno, un cuchillo al costado que cruza sin ver, cicatrices de nácar y el batuque en mi cadera natural. 

Dejé la pensión y tomé un colectivo en la ruta hasta ver en el cerro la última casa color cemento, encaramada entre las ramas, casi por los tejados, sin perder las formas reconocí la misma puerta que abrí en el sueño. Ya en la noche unos pasos suaves...¡Ay el corazón y el miedo! El hombre hecho de sus manos me regala un poema y una rosa de coco.

Bajo la luz ámbar de nuestra casa número veinte y seis brindamos sobre un tabloncito de madera, se escucha la lluvia reverdecer las trepadoras sobre el techo de tierra, suspendidos en ese torrente de vino hice el amor por primera vez.

La habitación tapizada con antiguos estrenos de Sonia Braga, sin importar lo grueso de mis piernas y mis tetas de gata loca jugaba a ser ella, aplaudía y reía mi varieté. Acariciados y solos nos íbamos de nuestras luciérnagas aparecidas en esa noche que resistimos con desesperación a que amanezca.

De mañana, escondido del sol, cubierto de volutas de humo y gotas de sudor, recorrería, como el camino de vuelta a casa, el cuerpo del hombre. 

La espalda amplia, la sonrisa franca y los dientes grandes. Llevaba el cabello corto para no mostrar que es crespo. 

La voz de tenor que retumbaba en la cabeza como golpe. Una embestida y una palabra en el oído. Como un batuque de Carnaval, descendiendo las laderas del cuerpo de un hombre de piel negra. De manos grandes y de piel callosa. El trabajo siempre se lee en el cuerpo de los pobres. 

El domingo a través de plumas y cristales del mar, su rostro negro y plata recién afeitado me despierta con su saliva estampada en mi boca y una cerveza heladita delante de un sol mezclándose en el sexo de las nubes. Sin soltar la sonrisa enciende un cigarillo y esquivando al monte regresa a recibir la reserva de la barca.

Pinto los labios de un tono de jovencita, prendo la estufa, la brisa corre a favor del fuego, adorno la mesa de mediodía con frutas y flores y mientras Antonio sirve el pescado me dice:  con sólo un cinturón de tigresa eres bella y feliz, más bella y más feliz que Sonia Braga.

En la sexta cerveza encontraba un motivo en las anécdotas a fin de reconstruir mi infancia, desde la niña adelantada de dientes torcidos, colchoncitos de algodón en el pecho y un Adán en la garganta. Hasta el día que recibí mis primeros golpes que alcanzaron para la cera depilatoria y una cajita de maquillaje con pestañas postizas.

O la noche que cumplía quince años me regalé la calle para comprarme unas sandalias de acrílico con plataforma y no tener miedo de quien soy.  No hay vuelta atrás, estás ahí con peluca y el pubis afeitado, maquillada toda haciendo sonar los tacones; estás ahí eligiendo entre polvo blanco o iniciarse con tres, la niña que jamás dice que no. 

En esa época mi vida dependía de un inmenso árbol que me resguardaba de esas esquinas que vacilaban entre fiesta o crónica, aquel protector cuyas frutas tenían el color al parir lo llamé San Jorge. Amarrado con hilos dorados recibía papelitos sustraídos de billeteras picoteadas al vuelo, bajo sus ramas agradeciéndole cantaba letras de Caetano para que su poder nos protegiera del frenesí contra los desiguales, los marginales, los maricas. A pesar de que "nunca" y "siempre" no existen, en sus raíces me sentía un animal capaz de sacar el peor instinto para defenderse. 

Antonio lustra los zapatos y cuelga la chaqueta que trae de la vida al día, de la vida al sol, del pensamiento elevado, de los horarios correctos y de la risita oportuna; deja el orden afuera para salvar lo que ama.

Me amarra cintas y mi todo se remueve, no puedo disimular el llanto bestial que me provoca su ritual en mi silicona; pasa las caracolas con fuerza y rectifica las presencias en el fogón del pasado que no cumplió porque no hubo un futuro soñado. Bebimos café y en la radio se escuchaba la final con Alemania. 

Con un silencio que jamás alcancé me quitó los zapatos de rojo acharolado, porque necios como yo encendían los vidrios de los autos para pintarme la boca luego de cada buche. Coloca una aguamarina en mi vasto dedo anular y me nombra Tania, que para mi significaba ser mujer y ninguna a la vez. Cambia mis uñas pintadas por alas de alguna princesa del sur y desaparece el miedo de transitar por esas voces que reconocemos cuando es tarde para escapar de ellas.

El destino era halagüeño.

Pintaría las paredes de blanco para borrar el recuerdo de las noches de amor plástico y sudores alcohólicos. Embalsamar el recuerdo en capas de pintura. De color de novia virgen. 

La esquina siempre esperaba. Atenta. Mirando a ambos lados de la calle como si en algún momento fuera a cruzar. Soñando con el futuro sin esquinas ni esperas públicas.

Parada con falda mínima y con maquillaje máximo, con el cabello alborotado por una fiesta interna. Con una pequeña garrafa de cachaça escondida en la bolsa, para hacer más entretenida la espera del cliente. La mala suerte de la única prostituta del pueblo. 

Aparece sonriente uno de los operarios nuevos de la petrolera. Nunca lo había visto antes, pero en un pueblo donde la única fuente de trabajo es el petróleo, no es difícil de adivinar. Blanco como la nieve. Rubio como un angelote. Le pregunta el precio y, sin regatear, la invita al bosquecillo de floresta que sube por el morro. Y ella piensa que la mezquindad siempre se muestra de algún modo. Suben sin hablar por un camino de tierra. Ella canta bajito: 

“E eu que era triste,

 Descrente deste mundo…”

El hombre no parece sorprendido. Ni feliz ni contento. Sólo parece decidido a transar con ella en el pasto. Cuando han ascendido diez minutos, el hombre para y le indica un claro en la arboleda. La luna mira de reojo todo lo que acontece. Ella se tiende sobre la hojarasca seca y espera. 

De la nada, detrás de los árboles, con las caras cubiertas por las camisetas, aparecen cuatro hombres. En silencio. Ni felices ni contentos, sólo pareciendo decididos a hacer algo ominoso y terrorífico. La violencia de los hombres.

Ella grita. Uno de los hombres le patea la cara y comienza a filmar con su celular. Un punching-ball con ropas de mujer trata de pedir ayuda, pero la garganta está llena de sangre, hojas secas y dientes. Le arrancan la ropa para ver. Sí, existe un pene. Uno de los hombres termina de beber una garrafa de vidrio de cachaça, no pequeña como para caber en un bolso, sino muy grande como para beber hasta matar. Sin hablar, la muestra a sus compañeros. Uno de ellos recoge la idea como una pelota en el aire, y dice: ¡Métesela! El hombre introduce la garrafa y con un movimiento rápido de la pierna, la quiebra.

Ella es arrastrada y amarrada en un árbol. No puede hablar más. Ni correr. Ni avisar dónde está. Ni cantar canciones de João Gilberto. No puede respirar. 

Aparece el cartel tallado en la puerta de la veinte y seis:

"La alegría 

de los seres 

de la tierra 

está aquí".

Mis líneas escritas sobre el nylon de mis piernas de purpurina, esa noche se fueron en unos pantalones. Yo era la única en todo el bosquecillo que vio encenderse la desembocadura en libretas gastadas y coloridas de mi niñez, a buscar mejor suerte donde las lleve el petróleo. La única que lejos de la imagen de su San Jorge, quiso el delantal de mamá que trae pasteles fritos de queso y miel.

Antonio se mueve como un niño sin ritmo, entretanto, oscurece el mar y la luna asoma en aquel claro. Cumplida la hora sagrada de bailar a los Orixás, su aliento entrecortado gira en la casa buscando qué hacer, me habla con su voz grave y reservada de negro compacto, montado en un caballo capaz de espantar lo salvaje que me rodea, a la vez que sus manos unían su carne fornida y risueña con mis destellos de camaleón.

El humo de la petrolera mezclado con partículas de sangre y átomos de mis huellas, entran en el interior donde aún circula la energía sagrada. Escribe una frase para tenerme con la misma seguridad que lo tengo yo. Cuelga su ropa y nos completa pintando de blanco la casa. En cada personaje de Sonia Braga conversa y ríe conmigo. 

Tania, intacta, más linda y más feliz que cualquier flor de Jorge Amado. 

Nota de los autores

“Em 2020, o Brasil assegurou para si o 1º lugar no ranking dos assassinatos de pessoas trans no mundo, com números que se mantiveram acima da média. Neste ano, encontramos notícias de 184 registros que foram lançados no Mapa dos assassinatos de 2020. Após análise minuciosa, chegamos ao número de 175 assassinatos, todos contra pessoas que expressavam o gênero feminino em contraposição ao gênero designado no nascimento, e que serão considerados nesta pesquisa. “

Fonte: 

Dossiê dos assassinatos e da violência contra travestis e transexuais brasileiras em 2020 / Bruna G. Benevides, Sayonara Naider Bonfim Nogueira (Orgs). – São Paulo: Expressão Popular, ANTRA, IBTE, 2021

Bio 

Marivi Guarderas: Quito, Ecuador. 

Instagram marivi_guarderas

Personaje femenino principal en el corto: Aparecer de Carlos Naranjo y Que viva el muerto de Randy Krarup. 

Creadora del grupo "El Tinglado" Escribe obras de teatro. Ejercicio actoral en la Obra: "Mariana de Jesús" de Luis Miguel Campos.

Publica un libro de poemas y dibujos, "Solazulado". Escribe cuentos.Taller Vita Brevis, Juan Carlos Cucalon premiado. Taller de escritura,  Alicia Yanez Cosios, novelista. 

Tango en Buenos Aires. Artículos, Escuela, Radio, Milonga.

Dibujo, Santiago Carbonell  & Grabado, Luis Martinez

Bio 

Pablo Lara H, Rio de Janeiro, Brasil

Illustrador

(Yo era joven y necesitaba dinero).

Website: pablolarah.cl   

Fotografía: https://photography.pablolarah.cl

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